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La mona de Dios

[Publicado en: Revista de la Universidad de México, núm. 477, octubre de 1990, pp. 49-52.]

La mona de Dios

Ignacio Díaz De la Serna


La Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda.
Vox populi

Algunos considerarán que hablar del Diablo en estos tiempos que corren es para morirse de la risa. Quizá tengan razón. En opinión de otros, entre los cuales me incluyo, es asunto muy serio. A los escépticos, les deseo de todo corazón que mueran a carcajadas, felices.

Lo que comúnmente llamamos religiosidad no es la dedicación en cumplir un conjunto de obligaciones impuestas por un credo religioso. Nuestro horizonte se amplía si entendemos la religiosidad como la facultad de practicar una religión que todo individuo tiene dentro de los limites sociales que marca una determinada época.

Al adentrarnos en la historia de un pueblo, nos damos cuenta de que sus creencias religiosas sólo aparecen como un bloque dogmático, firmemente establecido, en la versión de teólogos. centinelas del orden y demás personas con diez en conducta. Si acaso elegimos ese punto de vista, estaremos lejos de comprender el temple del místico, del alumbrado, de toda la tropa de heterodoxos que, por turnos, buscan a Dios y huyen de Él. El mercader, el noble, el fraile, el campesino, cada uno posee una forma específica de ejercitar sus convicciones. Porque aun en las épocas en que se creyó existía un espíritu religioso unitario, las variantes en la interpretación de la fe ortodoxa fueron mayores de lo que sostenían, por un lado, los píos; por otro, los herejes. En consecuencia, las múltiples expresiones de la religiosidad abarcan -y seguirán abarcando siempre- un repertorio que va desde los esquemas más o menos burocratizados hasta los rituales y comportamientos estrictamente personales.

Anuncio desde ahora que no es posible agotar el tema del Diablo. Por eso me referiré a sus características principales durante el Barroco , así como a ciertas actividades que derivan de su imperio. La denominación, sabemos, es arbitraria. Preciso entonces: siglos XVI y XVII en Europa. Son tiempos en los que brotan sin cesar figuras cuyo nervio místico, desprendido de profanidad, está de sobra probado. Pero a la vuelta de cualquier recodo hallamos gentes que no son santos, ni ascetas, participando también de una religiosidad desaforada. Creyentes hay de toda índole: curas de púlpito, salteadores de caminos, celestinas, mujeres barbudas de feria, devotos que levitan al menor descuido y pecadores de la peor calaña. Estas figuras, entre otras que no terminaría de enumerar, componen lo que Calderón llamó "el gran teatro del mundo". La imagen, de verdad, no pudo ser menos acertada. Los actores son caracteres que improvisan su papel. En suma, me propongo trazar un breve recuento de aquello que, en jerga teatral, se denomina dramatis personae, un poco remedando el estilo del moralista cáustico que fue La Bruyére. Queden, pues, prevenidos.

Imaginemos que cae la noche, momento propicio para hablar de Belcebú y de sus huestes. Tercera llamada. Se abre el telón. Comenzamos.

La Mona

Es decir, Satán, alias el Ángel Caído, alias Lucifer. El mote de '"Mona" se lo puso San Buenaventura con derroche de saña, dejándolo hecho un hazmerreír de niños y adultos. Así lo caracteriza el santo en su obra de la Verdad revelada, y cito: "Diabolus est simia Dei, et operum ejus" (el Diablo es la mona de Dios y de sus obras).

Meterse a enlistar los trucos y maquillajes con que puede vestirse sería cuento de nunca acabar. En algo sí concuerdan todas las autoridades eclesiásticas que han tratado el asunto: la Mona de Dios es el rey del travestí. Conforme el humor que tenga, se transforma en idolillo de oro, en murciélago , en galán boquirrubio, o bien en una de esas damas que los boticarios de Amberes recetaban a Felipe II tomar por medicina. No en balde existen vocablos técnicos para mencionar con propiedad estas dos últimas metamorfosis. Íncubo, que es la Mona cuando gana cuerpo y oficio de varón; súcubo, si gana cuerpo y encantos de mujer. Empero, la más vistosa de sus proezas ocurre cuando decide trocarse en ensalada de lechuga.

Hablando de galanes, quiero relatarles un episodio que pinta a las mil maravillas los poderes tremebundos de la Mona. Juzguen ustedes.

Sor Filotea, monja natural de Burdeos, solía tener comunicación secreta con un caballero buen mozo. De mano en mano se pasaban recados de amor a través de las rejas del locutorio, empresa fácil pues el dicho caballero fingía ser primo de la monja. El hecho fue que una tarde convinieron la hora y ruta por donde aquél podría entrar en la celda. La monja dispuso cena y bujías, no sin antes avisar a sus hermanas que no se incomodasen si escuchaban ruidos. Llegó la noche, y con ella el caballero. Apenas entrado, comenzó a propinar manotadas. tundas y puntapiés a la monja, dejando su infeliz cadáver tendido en medio de las velas encendidas. Al cabo de una semana, ya el hedor a podredumbre inundada los corredores. La madre superiora ordenó que tirasen la puerta abajo. Tamaño susto se llevó al presenciar lo que adentro sucedía. En el aire flotaba un trono de ébano, la Mona lo ocupaba, dirigiendo una caterva de demonios que gritaban obscenidades. Juntos jugaban con el alma de Sor Filotea, lanzándosela entre ellos cual si fuese pelota. Antes de consumirse en llamas, el alma daba tan penosos alaridos que las piedras del convento parecían quebrarse de dolor.

Los monjes son también pasto fértil de diabluras. Paisanos del lugar refieren que en el monasterio de Zubia, próximo a Granada, apareció el Diablo en forma de crucifijo a un monje amanuense. Mantuvieron ambos larga conversación. Oculto en su disfraz, la Mona le confirmó que no había ser humano dueño de tantas virtudes como él, por lo que estaba dispuesto a comunicarle las noticias que jamás supieron los evangelistas. A medida que dictaba el falso crucifijo, aquel monje fue escribiendo ciento catorce folios repletos de herejías, los cuales duermen en la Biblioteca Nacional de Madrid con el número B2592 /06. El mamotreto se titula Sylvas espirituales.

En cuanto a las descripciones del Infierno, país de la Mona, son lo bastante copiosas para hacer de ellas un catálogo razonado, aunque no siempre coinciden. Cada autor que lo describe recurre a pocos datos históricos y pone mucho de su fantasía. Por mi parte, me lo imagino yo con un mismo clima todo el año. La eternidad se cuenta seguramente por bisiestos. La Mona y sus demonios viven en democracia como no la hay sobre este mundo, cosa demostrada porque en Pandemonium, la capital, se alza un hermoso parlamento refrigerado con nieve fresca que baja de los Pirineos. A propósito de Pandemonium, dicen que se asemeja a Barcelona. Lo similar le viene del trazo de las calles, pues unas van paralelas y otras regresan perpendiculares.

Fray Antonio Venegas, dominico por los cuatro costados, afirma sin más que el Infierno está a mil ciento noventa y cuatro leguas por debajo de la superficie terrestre. La cifra, claro, resulta confiable. Luego establece una lista de los veinte tormentos sensoriales y espirituales que allí aguardan a los impíos: 1) fuego ; 2) frío; 3) aullidos de dolor; 4) humo espeso; 5) hedor; 6) visión de demonios; 7) hambre; 8) sed; 9) vergüenza de la propia desnudez; 10) apretura entre los condenados; 11) privación de la vista de la divinidad; 12) remordimientos; 13) ira y rencor; 14) soberbia; 15) envidia; 16) temor intenso; 17) certidumbre de la condena a perpetuidad; 18) falta de consuelo; 19) deseo de morir; y 20) vergüenza de los pecados.

El curioso que desee contemplar ilustrado este horrible panorama, asómese al cuadro de Fra Angélico El último Juicio. Bastaría una pizca de esas torturas para erizarle la peluca al más bravo de los hombres.

Los demonios

Antes que nada, guardémonos de confundir la Mona con los demonios. Si bien no hay un criterio universal que facilite resolver tal distinción, en algo ayuda estudiar las ocasiones en que uno y otros se manifiestan con el propósito de encandilar a los creyentes. La Mona se aparece a sus prosélitos, sobre todo, durante el festejo del sabbat. En cambio, los demonios no necesitan celebraciones especiales para engatusarnos. Ejemplifico. Cierta mujer de abolengo coge la mano de su sirviente en muestra de gratitud, pero sucede que el lacayo es un demonio. La señora entrega el alma poco después, hundida en el delirio de unas fiebres tercianas. Tan extraños síntomas no engañan al cirujano de cabecera. El diagnóstico es contundente. La difunta murió por causa de contacto maléfico, pues tiene la mano, amén de rígida, amorcillada.

A menudo los demonios escogen a una persona por residencia. Gustan de instalarse en ella a sus anchas. enquistándose en los intestinos. Los expertos publican que mejor vale examinar viandas y bebidas con lupa, porque en el comer y beber viajan los demonios cuerpo adentro. Familiares de la Mona existen cientos, miles. Por consiguiente, es lógico que pululen en grande número alrededor de cada uno de nosotros. A veces son tantos los que rodean a una víctima, que forman una masa compacta sin dejar el mínimo espacio entre ellos. Quien lo dude, haga la prueba. Al entrecerrar los ojos, los demonios son visibles, finos como partículas de un polvillo bajo los rayos del sol.

Johannes Honnecourt fue jurista holandés que practicó su ciencia en las ciudades de Amsterdam y Delft. De joven, ganó fortuna por inventar, en sus ratos libres, orejas ortopédicas. Redactó una obra en el latín de Julio César para que todo mundo la leyese. Publicóse allá en el 1614. Tuvo enorme éxito, alcanzando cuatro ediciones en breves años. Y no era para menos. Desde el título convida a su lectura: Pseudomonarchia Daemonum. En los capítulos más llamativos, Honnecourt esclarece con lujo de detalle la estirpe de los principales demonios. Son seis, todos ellos potentísimos.

El primero es Purson , alias Curson. Tiene la jerarquía de rey, usa normalmente cara de león, y monta un oso blanco. Su llegada se anuncia con un clangor de sacabuches, pompa idéntica que acompañaba a Teodora Emperatriz cuando asistía al hipódromo. Purson conoce dónde se ocultan los tesoros, responde la verdad acerca de la Creación, puede tomar cuerpos humanos y celestiales, revela sin errar los sucesos del mañana. Comanda treinta y nueve legiones de demonios menores.

El segundo es Hefalú. Este es marqués que se muestra bajo la forma de arquero galante, llevando terciados al hombro un arco pisano y flechas. El muy maligno provoca las batallas, los eclipses de luna, y gangrena las heridas domésticas. Tiene a su cargo un regimiento de quince legiones.

El tercero, Glasya Labolas. Aun los más entendidos ignoran su alias. Por algo será. Prefiere manifestarse bajo la figura de gato y bate enérgicamente sendas alas de grifo. Otorga al mejor postor el conocimiento de hacerse invisible. También es capitán de los asesinos. Su gobierno abarca veintidós legiones demoniacas.

En cuarto lugar viene Berith, patrono de los piratas bereberes. Confunde a sus seguidores, ya que tiene tres nombres. Para los quirománticos es Beall; los sefarditas lo llaman Berith; Bolfry entre los nigromantes de Irlanda. Intuye las cosas que pasarán. Si es invocado después de las once de la noche, aparece en un aro de artes mágicas, iluminándose con fuegos de artificio. Su pasatiempo favorito consiste en profanar tumbas. Asimismo, se divierte asustando a los enamorados que se reúnen en los cementerios. Les habla con voz clara, disfrazado de calavera parlante.

Sigue Malphas, gran presidente. Viste al modo humano, por lo que es harto peligroso. A diferencia de Berith, habla con voz ronca. Domina cincuenta y tres idiomas, incluido el euskera. Construye torres de aspecto fascinante, conocidas como "espejismos". Si se pronuncia el conjuro adecuado, derrumba en un santiamén las fortificaciones enemigas. Treinta legiones lo obedecen.

El sexto es Shax, alias Scox. Posee el título de marqués. Su semblante, el de una cigüeña. Ahoga a los hombres, hunde los barcos de guerra, detiene la fuerza de los vientos, habita en el centro de los huracanes. Espera regresar al séptimo trono antes del segundo milenio, pero sus adeptos proclaman que vive engañado. Por ese motivo, no es difícil suponer que Shax es el más torpe de la estirpe.

Las brujas

El que no haya tenido alguna vez miedo de las brujas, que arroje la primera piedra.

-Niño, si no obedeces, te va a comer la bruja- nos repetían hasta el cansancio.

Pero vayamos por orden. En efecto, las brujas son señoras de carne y hueso, especialistas en el asesinato de recién nacidos. Sea dicho en su defensa que matan por necesidad, nunca por capricho. Tienen la fea costumbre de sacrificar, cocinar y merendar a los pequeños que no han sido bautizados, pues esa carne contiene, además de proteínas, potencias sobrenaturales. A guisa de condimento, la utilizan en pócimas infalibles. Les sirve para soportar con ánimo estoico las más encarnizadas torturas. Con ella fabrican también un bálsamo que les permite volar.

El único requisito para convertirse en bruja es renunciar a Dios, a la religión perfecta y aprobada, poniéndose al servicio de la Mona mediante un pacto. Satán marca a la nueva seguidora con sus garras, firmándole un zarpazo en el lado izquierdo. Por encima del dinero o de los placeres eróticos, la bruja trabaja en pro del mal buscando otras recompensas. A través de sus artes malévolas realiza maleficium, que es la capacidad de hacer daño al prójimo por medios ocultos. Toda bruja doctorada es capaz de causar enfermedades repentinas, trastornos mentales, de hechizar un matrimonio produciendo esterilidad a los dos cónyuges, o desatar una tormenta de granizo fuera de estación con el fin de arruinar las cosechas. La voluntad de una bruja que se precie de serlo, como la de su amo la Mona, es decididamente maligna, presta a la destrucción. Volemos al sabbat. Los profesionistas liberales -ingenieros, filósofos, escritores, matemáticos- acostumbran organizar congresos. ¿Por qué las brujas no? Hay dos clases de sabbats. Los ordinarios, que se celebran los viernes. En ellos participan las brujas de una cierta localidad, y son aburridos. A los otros, los ecuménicos, acuden las brujas de reinos y repúblicas, por lo que son congresos mundiales. Ambos terminan hacia la medianoche o, cuando mucho, antes del amanecer, según se anima el holgorio. Con frecuencia se llevan a cabo en un cruce de carreteras poco transitadas, al cobijo de una horca. Para asistir a un sabbat ecuménico, las brujas deben cubrir largos trayectos. De hacerlo en algún transporte convencional, jamás llegarían en punto. Esto explica que vuelen. Vuelan y vuelan, trepadas en carneros, en caballos, en cerdos, en azadones o en escobas. Al marido lo dejan roncando tranquilamente. Por simple precaución, colocan un palo verde en la cama. Si el cornudo se despierta, el palo toma en seguida la apariencia de la mujer, y listo.

Satán en persona preside el sabbat. Su aspecto es monstruoso, mitad humano y mitad cabra. Luce los típicos cuernos. Cuando camina, se oye como si llevara tacón alto, pues calza pezuñas de macho cabrío. Tres figuras diabólicas sostienen en volandas el sillón donde se sienta. Primero, las brujas se arrodillan, le rezan, lo llaman Señor y Dios nuestro. Después, cada una de las participantes lo besa en la pezuña izquierda, en los genitales y en el ano. Hasta aquí el introito.

A continuación, la parodia de la misa. Vestido de ropajes negros, mitra y sobrepelliz, la Mona espeta un sermón en el que previene a sus secuaces contra los peligros de volver a la fe cristiana. Al final del discurso, recibe con beneplácito los obsequios que le presentan: pasteles, aves de corral, bagatelas varias. Para no ser prolijo, abreviaré. La ceremonia finaliza en un clímax profanatorio. De nuevo, las brujas lo adoran y le besan el ano, mientras Él agradece sus solemnes atenciones, devolviéndoles caricias inmundas. Tras comulgar una suela de zapato, dura de roer, y un atole negro, nauseabundo, inician una danza orgiástica. La concurrencia en pleno forma un círculo. Cantan y bailan alrededor de una niña inclinada hacia adelante, con un cirio ensartado en el ano, a manera de lámpara. El convite acaba en orgía.

"Si la Mona existe, todo está permitido", admitirá luego Dostoievsky, pensando en el sabbat,

Beatas postizas

Durante el XVI y XVII prolifera un caudal de libros que narran paso a paso las experiencias de los grandes visionarios. Pronto la hagiografía fue, por derecho, el género de moda. Sin embargo, los efectos de tales enseñanzas no siempre dieron los resultados esperados, que era instruir a los legos en el recto camino del buen cristiano. A salto de mata, aquí y acullá, florecen taumaturgos cuyas vidas inauguran lo real maravilloso. No hace falta ver para creer. Cualquier hijo de vecino, sin importar su condición, está expuesto a ser devorado por el vértigo de la aventura mística. Las revelaciones son acontecimientos tan comunes como dormir, respirar, cepillarse los dientes, o visitar a los amigos. ¡Qué tiempos aquéllos! Ricos y pobres, analfabetos y letrados, se derriten a gusto propio en un festín de llamaradas caídas del cielo. Dios anda en todas partes, aun entre los enseres de la cocina.

Por doquiera que miremos, topamos en el Barroco con una voluntad inquebrantable de atestiguar portentos. Los milagros nunca antes estuvieron así al alcance de todos. Los padres de doctrina alertan a los fieles, aseverándoles que dicha voluntad constituye el portón por donde ingresa la Mona en el alma de los incautos. Tarea inútil. Nadie escucha.

Ignoro por qué, pero en el gremio de los embaucadores abundan las mujeres. Lucrecia de León, Magdalena de la Cruz, Juana la Embustera, Sor María de la Visitación, Manuela María de Jesús, son algunas de las beatas postizas más célebres. En grupo, componen una formidable galería de eslabones rotos que se debaten ferozmente entre la luz y las tinieblas. Habitantes del claroscuro, pasan noches tan movidas, aquejadas de soponcios y éxtasis, que amanecen con ojeras.

Sin rebuscar demasiado, tenemos a Magdalena de la Cruz, cautiva en el paroxismo de un vivir para la salvación mediante epifanías milagreras a usanza de los magos notables de su época: Cornelius Agrippa, Paracelso, Nostradamus. Siendo niña, se le hizo visible un demonio con figura de cazador etíope. El familiar éste respondía al nombre de Balbán. Hicieron buenas migas, y Magdalena no tardó en asombrar a sus contemporáneos con actos de ilusionista que fueron tenidos por muestras de santidad. Curaba leprosos tocándolos con un cetro de utilería, aseguraba dialogar con los ángeles de tú a tú, resucitaba muertos ya podridos, olfateaba reliquias a varios condados de distancia. Alcanzó la cima de la popularidad cuando predijo la prisión de Francisco I, rey de Francia en la Torre de los Lujanes, que todavía hoy se ve en Madrid, cerca de la Plaza Mayor. Y por si eso fuera poco, anduvo pregonando que los ejércitos de Carlos V, primero de España, saquearían la Roma de Clemente Séptimo, lo cual se cumplió al pie de la letra. La Magdalena era, qué duda cabe, de altos vuelos.

Mas la verdad es hija del tiempo, lo que significa en castellano antiguo que todo a su tiempo se sabe. Una mañana de octubre, sin previo aviso, Magdalena de la Cruz despertó sintiendo unos picores. Debajo del hábito, en los sitios convenientes, tenía impresas las señales de la Pasión. Ninguna le faltaba. El nuevo prodigio levantó la sospecha de sus partidarios. Ya no se tragaron el embuste. Lavaron las marcas y resultó que no estaban grabadas a fuego, según exigen los cánones en tales casos. Tras el baño, había quedado limpia y rozagante como nunca. Sin más averiguaciones la transladaron a las cárceles del Santo Oficio. "Confesión libre o potro" , le dijeron los jueces. Por supuesto, la beata eligió contar por extenso su rosario de patrañas y mentiras. Ahora sí, el auténtico milagro fue que no la quemaran; salvó la vida por el negro de una uña. El tribunal mandó que viviera emparedada el resto de sus días, que portara cilicio, le impusieron una dieta de agua y mendrugos, la privaron para siempre de la Eucaristía. La sentencia se dio a conocer en el año del Señor 1546, dentro de las murallas de Córdoba. Al final del pergamino, la frase Laus Deo; rubrica Juan de Castro y Covarrubias, que no fue inquisidor, sino escribano.

Así sea.

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